La lluvia me hizo recordar otra
jornada que aunque no viví directamente, si me la revivieron, entre sonrisas,
en bastantes ocasiones. En aquel caso, el punto de destino era la playa, el
motivo, pasar la noche vieja; Antonio y María José se dirigieron al piso de
José Antonio y Carmen para comentarles que era una temeridad hacer esta
excursión con el mal tiempo que hacía. Tocaron al timbre y fue Jose (sin
acento, que así lo pronunciamos) quien abrió la puerta y sus ojos
desmesuradamente: - ¡Carmen! ¡Qué ya están estos aquí! -. Ante esta explosión
de entusiasmo, Antonio tuvo claro que la lluvia no iba a ser ningún obstáculo y
que por lo tanto irían a la playa si o si.
En esta ocasión, no era la playa
el destino, sino La
Cucaracha. Como cada otoño, íbamos a visitar el albergue y
pasear por uno de los entornos más hermosos de la Granada boscosa, donde
castaños y encinares se hacen dueños de un paisaje que resulta balsámico para
los amantes de la naturaleza. Como cada otoño, con este paseo, recordamos, más
si cabe, a Jose. Como cada otoño sus amigos y alumnos iniciábamos aquella ruta
que tantas veces hizo y que servía de acicate, de estímulo para el aprendizaje
de esos conceptos, que si en los libros aparecían complicados y oscuros,
aplicados y explicados en estos entornos se tornaban claros y prácticos.
Las siete de la mañana en el bar
Ideal, marca fronteriza entre Granada y Maracena, era el primer punto de
encuentro. Allí estábamos Jose “El Reloj”
con su furgoneta, Antonio, Natalio, Alfonso, Óliver y yo mismo, el Xuxo. Cargamos
las mochilas y nos dirigimos a la capital, a la parada del autobús de Güejar
Sierra, esta vez no para cogerlo, sino para esperar allí a Rodrigo y Genaro.
Pronto aparecieron, y en nuestros automóviles, acompañados por la lluvia,
tomamos la carretera hacia el pueblo. La niebla se añadió como una compañera
más, y como tal nos aconsejo levantar, todavía más, el pie del acelerador.
Ya en Güejar, la panadería nos
esperaba para darnos su bendición iniciática con la que empezar con buen pie
nuestra andadura; sustituimos el agua bendita por una bendita torta de
chicharrones o chocolate, que sobre gustos no hay nada escrito y la hogaza de
pan con la que acompañar las viandas que teníamos preparadas.
Antonio nos ofreció, como brebaje
para paliar el frío, estimulante para la circulación y elixir que deja buen
sabor de boca, un trago de aguardiente dulce, demasiado dulce diría yo, que aún
dormía en su petaca.
Entre broma y broma, resguardados
en una especie de “tinao” alpujarreño, esperábamos a unos amigos de Jose “El Reloj”, el Capi, Sergio y su sobrino que en unos minutos se
presentaron.
Nos repartimos en los tres “todo
terreno”, y nos encarrilamos hasta el Barranco de San Juan, acompañados por una
lluvia lenta, cansina y permanente que los “limpia” en un acto sin fin, como la
condena de Sísifo, intentaban apartar de nuestra vista.
Llegamos a la explanada que sirve
de aparcamiento y no tuvimos problema en encontrar sitio, aunque no habíamos
sido los primeros en llegar. Mochila a la espalda, e impermeable sobre el
cuerpo, para intentar paliar en lo posible los efectos del agua que se
empecinaba en subir junto a nosotros empezamos a prepararnos. Como siempre, hay
clases y Antonio estrenaba un chubasquero de diseño, color gris metalizado,
traído del mismísimo París, pero tuvo la mala fortuna de sacar uno de sus
brazos, no por el lugar destinado para este fin, sino justo por el codo,
abriéndose una enorme brecha. Otros llevábamos sombrillas o paraguas que dicen
los capitalinos.
La guarda forestal que nos
preguntó hacia donde nos dirigíamos conocía a la peña “El Bastón”. Antonio
cruzó unas frases con ella y nos comentó que también tuvo el placer de haber
coincidido con Jose en más de una ocasión.
No dimos más vueltas; nos
despedimos de Genaro que tenía que volverse para Maracena porque, muy a su
pesar, debía de resolver una serie de asuntos que no admitían dilación y nos
enfrentamos con la vereda de “La
Estrella ”, obsequiándonos esta con su primera cuesta para
abrir boca y obligarnos a hacer los estiramientos oportunos. Al final de la
misma algunos ya se dieron cuenta que se habían abrigado demasiado, porque si
bien estaba lloviendo, la temperatura no era baja.
Personalmente puedo decir que la
lluvia, lejos de enturbiar la salida, le dio otros alicientes. No hablábamos
demasiado, tampoco nos pudimos parar como hicimos en otras ocasiones, ni en el
“Abuelo”, ni en el puente del “Vadillo”, pero por otro lado, es bueno pensar
ayudado por el silencio, o arrullado por el sonido de las gotas al caer sobre
las hojas de los árboles.
Empecé la cuesta de “Los Presidiarios”
desde atrás. Esta circunstancia me permitió contemplar el estilo de subida de
algunos y recordé, al ver a Natalio, el andar parsimonioso y constante de Jose,
las dos manos atrás, bajo la base de la mochila. “El compadre”, como lo llama
Antonio, nos comentó que había cambiado su estilo; que ya no iba tan rápido
como antes y que prefería pasear a trotar.
Cada cual tomó el ritmo que más
le convenía y “El Reloj”, atacó. De vez en cuando miraba hacia atrás para ver
si había logrado abrir hueco. En un primer momento logré seguir el compás que
marcó, pero tras dar un par de hachazos propios de un gran ciclista, tuve que
dejarlo marchar. Cuando coronamos la cuesta, justo en el pequeño llano en el que
en otras ocasiones nos paramos para esperar a todo el mundo, él dejó su mochila
e hizo como en otras excursiones, volver sobre sus pasos para ayudar a los
demás. El resto seguimos nuestro camino, aguardar era enfriarse y con las
circunstancias climatológicas que estábamos sufriendo, no era lo más
aconsejable.
habríamos de tomar al llegar a nuestras casas.
Poco tardamos en sacar las
viandas, no para almorzar, sino para llevarnos a la boca un ten-ten pie. En
unos minutos Antonio nos ofreció una exquisita tortilla como regalo para el paladar de todos. Cayeron
la tortilla, los bistecs empanados, tomates con su sal, jamón, varios
embutidos… y todo regado con un vino que nos calentó tanto o más que el fuego
que tímidamente fue abriéndose paso entre las ramas mojadas de que disponíamos.
Entre bocado y bocado aparecieron
los primeros “chascarrillos”, los recuerdos entrañables de otras salidas, las
anécdotas que salpimentaban la historia de “La Compensatoria ” y los
brindis en honor de Jose. La ropa se fue secando y “el Reloj”,
cuando encontraba el duende, nos regalaba con alguna canción de “Antonio Molina”.
cuando encontraba el duende, nos regalaba con alguna canción de “Antonio Molina”.
El tiempo fue pasando y pronto
llegó la hora en que yo tenía que volver. No iba a pasar la noche en “La Cucaracha ”, tampoco iba
a poder disfrutar del almuerzo que al día siguiente, los compañeros y otros
agregados tendrían en la que fue una de las estaciones del tranvía de la
sierra. Antes de partir, Jose “El Reloj” me dio las indicaciones oportunas para
hacerme con unas camisetas conmemorativas del evento, prendas para las que el
mismo les había buscado patrocinadores y las había diseñado.
Inicié la bajada despacio, las
rodillas están maltrechas y tienen más de medio siglo; pensando en todo y en
todos y en nada en concreto, dejando que las ideas y los recuerdos aflorarán
con total libertad, recordando que la eternidad se la damos a nuestros muertos
en tanto que somos capaces de mantenerlos en nuestros recuerdos, que ellos
somos nosotros porque sin ellos no hubiéramos llegado a ser lo que somos.
Imposible consentir que que este estupendo artículo quede sin comentario.
ResponderEliminarXuxo.. eres la leche!!!
Pero nos has dejado con la miel en los labios... solo has hecho la crónica de media salida..te perdiste la noche y el día siguiente?
¿Ves como no puede ser que te vengas a la mitad?... anótalo para el año que viene o para cuando vayamos de nuevo.
¡¡¡ Muchas gracias !!!