Me habían encomendado escribir la crónica de esta página y
estaba llegando a un punto peligroso en lo que se refiere a la elaboración de
la misma. Dicen que las cosas hay que hacerlas a su tiempo y yo me había
relajado demasiado, así que no sé si mi memoria dará de sí lo suficiente como
para reflejar todos los momentos vividos con un puñado de amigos en la media
ladera de Sierra Nevada, en un lugar denominado Refugio del Calvario comúnmente
conocido como “La Cucaracha ”.
La fecha de subida se había fijado para el 19 de octubre un
mes antes en arduas reuniones celebradas en el mesón “Accitano” y en “El
Puntal”.
En la semana previa al día señalado pareció que todos los
hados se habían confabulado para complicarme la vida. Complicaciones que
llegaron hasta las 22:00 horas del día 18, tiempo en el que, saboreando una
cerveza fría y una tapa caliente con mi amiga Amalia, mientras los del teatro
desmontaban, decidí que a partir de aquel momento me dedicaría a saborear cada
instante, cada minuto de los días que estaban por llegar.
Y así fue. Saboree el preparar la mochila esa noche, el
levantarme a las cinco y media de la mañana sin despertador, el beso a Nina que
entre sueños me recordaba las pastillas, el paraguas…la caminata hasta el
Montecristo, el encuentro con mi compadre, el Xuxo, Enrique, Jose “El Reloj” y
dos nuevos fichajes: Jonathan y su hijo de diez años Javier… Alfonso, Pedro,
Enrique y su hermano Oliver…
Por algunas circunstancias llevábamos coches suficientes
como para no tener que tomar el autobús a Güéjar Sierra, no obstante hicimos
una breve parada en Casa Isla del Zaidín para esperar “al que faltaba”: mi
hijo, el Rodrigo, que llevaba una semana haciendo los preparativos para este
día.
Así que tras una breve parada en Güéjar Sierra para
aprovisionarnos de pan y tortas (buenísimas), estábamos en el Barranco de San
Juan a las 9 o algo así…tengo que decir que como siempre que recorríamos el
camino hacia el barranco, me vino a la mente el recuerdo del pastor (no me
acuerdo de su nombre) con el que todos los años teníamos un breve encuentro y
recordábamos épocas pasadas y claro… este año no podía ser menos… allí estaba,
como siempre, igual de joven (92 años… yo no me lo creo), acartonao, hablando
de putas y de sus años mozos…
La vereda de la
Estrella nos recibió solitaria, espléndida como ella sabe.
Tras la primera cuesta mis ansias por abrir camino las cambié por un cómodo
último puesto, sin prisas, en la
compañía de mi compadre. Mi compadre…, cúmulo de sabiduría, risas y ternura,
casi diez años menor que yo y sin embargo con capacidad para ir aprendiendo de
él y seguir sus consejos. Y así transcurrió la vereda y luego la Cuesta del los
Presidiarios, sin prisa, charlando… poniéndonos al día en todo (no comment..).
Es bueno no tener prisa aunque ello te haga llegar casi una hora después a la Cucaracha.
Después del almuerzo y tal como nos tiene acostumbrados
desde hace varios años, el Xuxo de marchó con su cuñado Enrique dejándonos
huérfanos en aquella inmensidad. El Xuxo, cabroncete donde los haya pero sin el
que mi vida no podría ser la misma. “Estás visitable?” y tras un largísimo
toque de timbre me espera con un chupito de ron Barceló y una hora de
conversación.
La marcha del Xuxo fue señal para la diáspora, nos
dispersamos. Unos por agua al Aceral, otros por leña… Antonio, Alfonso y yo
decidimos, tras venir del Aceral, subir siguiendo las señales del sendero
Sulayr hasta la Acequia
del Tío Papeles y seguir su vieja senda allá donde la luz de la tarde nos
permitió. Más paisajes conocidos y más sensaciones recordadas.
La noche única… chimenea encendida, poco humo, mucha comida
y buena bebida… qué más quieres compadre?.... me callo.
La mañana llegó pronto tras una noche de tablas duras pero
plácida. Rodrigo nos dejaba también. Rodrigo… mi hijo, acompañándonos todos los
años, enamorado de la
Cucaracha , mi salvación (es el que lleva la mochila con más
peso...) pero es el que más disfruta el puñetero.
La vuelta como siempre por el Barranco del Aceral, Barranco
de Lucía, cruce de los ríos… Me sorprende ver la capacidad de esfuerzo de
Jonathan y su hijo Javi, así como de Pedro que en la tediosa vuelta nos sacaron
alrededor de una hora en el camino de vuelta. Camino en el que, además de los
típicos padres con niños, madres, titas, novios, novias, amantes, andantes,
corredores y otras hierbas, hubo un encuentro no por esperado menos sorprendente:
Darío. Darío…, el mejor músico de música andina que conozco. El de la filosofía
de vida, el de la continua búsqueda de no saber bien qué… personaje
imprescindible en estos y otros lares.
La llegada al barranco de San Juan fue muy deseada pues tras
ella llegó el encuentro con los restantes miembros del grupo: Ernesto con su
mujer Rosa y Genaro con Melvin. Ellos eran los que nos trajeron la bendición
celestial en forma de barbacoa con todo el colesterol del mundo, pero buena
como ella sola. En una barbacoa transportada previamente por Jose “El Reloj” y
bajo un puente sobre el Geníl se montó el almuerzo que todos estábamos
esperando.
Jose “El Reloj”: el verdadero espíritu de la excursión. El
que se desvela por preparar las cosas, el coche, las camisetas. Con una sonrisa
perenne y una disposición encomiable…. gracias Jose.
Así transcurrió la salida y así la cuento… decidí vivir cada
momento y lo viví y lo saboreé… hasta el último minuto en que Genaro me dejó en
casa tras unas copas en el Chaparral y en el mítico Agustín… en Maracena.