Con los preparativos para hacer la mochila es cuando
comienza para mí nuestra subida anual al refugio forestal del Calvario en
Sierra Nevada, más conocido entre los montañeros como “La Cucaracha”.
Enmarcamos esta excursión dentro del memorial anual a nuestro querido compañero y amigo del alma
José Antonio Aranda Segovia, maestro de enseñanza sin igual y mejor persona.
Meter en la mochila
saco de dormir, ropa, comida, navajilla, petaca de Jack Daniel’s…., no es tarea
fácil. Aquí comienza el disfrute, en todos estos menesteres y a su vez pensando en la sonrisa de mis compañeros de
viaje.
Con la alegría por bandera, la mañana del 17 de octubre de
2015, puntuales como siempre nos encontramos a las siete de la mañana en el bar
Montecristo de Maracena. Enrique,
Óliver, Jesús Miguel, Natalio, Rodrigo y el que escribe: Antonio Molina.
En coche nos desplazamos hasta el pueblo de Güéjar-Sierra.
En la panadería compramos pan y tortas. A las ocho treinta de la mañana
comenzamos a caminar por la Vereda de la Estrella, adentrándonos poco a poco en
el corazón del valle. La senda es fácil de andar, pues fue diseñada para el
tránsito de mulos cargados con el mineral extraído de las minas de la Estrella
y de la Probadora.
Los robles, quejigos, encinas, arces, cornicabras… están con
el esplendor de los tonos ocres del otoño. ¡Qué hermosura de paisaje! Es un
placer caminar por estos parajes plenos de belleza. Un olor a tierra mojada se esparcía en el aire y nos
animaba a remontar las primeras cuestas.
La temática de conversación con Xuxo era la de ayer, aunque ha pasado casi un año
que la habíamos dejado: el colegio, la política, “El Camino de Santiago…
Siempre es un placer hablar con Jesús de estos temas. Me ilustra en temas
pedagógicos, me hace sentir con su relato las jornadas senderistas que él ha
realizado en la Ruta de la Plata este verano, dibuja con sus palabras las
experiencias vividas y siempre con el carisma de la persona equilibrada y
sincera que es.
En la montaña me gusta caminar despacio, sin prisas, de manera
pausada; como lo hace Enrique. El tiempo ha transcurrido y de aquel alumno de
Educación Compensatoria que fue Enrique, que se formó en el arte de la fragua y
de la forja en los talleres que magistralmente impartía Antonio Tinar Sánchez,
está esta gran persona. Hoy trabaja profesionalmente en el ramo de la madera.
Las clases de dibujo técnico que José Antonio le impartía en Educación
Compensatoria, los martes de nueve a
once treinta de la mañana, le han ayudado para desarrollar su trabajo en su
actual profesión. Recuerda que ése era
su día predilecto porque después de las clases de dibujo, todo el grupo de alumnos de la
Compensatoria, junto con los maestros,
nos íbamos al pabellón cubierto de la Ciudad Deportiva de Maracena a realizar
las clases de gimnasia y el partido de futbol.
Rodrigo está fuerte, camina como si la mochila no le pesara.
¡Qué alegría de juventud! Todo en él es bondad y nobleza. Sin estridencias,
siempre leal. Ha tenido buena escuela y no me refiero a la Compensatoria, que
también lo era, si no a su familia, que es la mía, la de mi compadre Natalio y
mi amiga Nina.
Con mi compadre
Natalio, ¿de qué hablamos en el trayecto entre El Barranco de San Juan y el
Puente del Burro? Ya no me acuerdo. Posiblemente de Dario, que había quedado en
venir el domingo a encontrarnos junto al río Guarnón.
A las diez de la mañana comenzamos la subida de la Cuesta de
los Presidiarios. El nombre lo dice todo, alude a los presos que iban a remar a
galeras. Bueno, esto es leyenda. La realidad es que hay un desnivel pronunciado.
Subimos lentamente, apenas sin hablar. Este año José Ramal “El Reloj” no pudo
marcar el ritmo de subida. Lamentablemente no hemos podido contar con su
presencia. Por razones laborales se encuentra en Córcega (Francia) y le ha sido
imposible estar físicamente con nosotros; ha estado en toda la excursión
presente a través del whats app.
Llegamos al refugio a las once treinta de la mañana. No
había nadie. Después llegaron otros montañeros que junto a nosotros reservamos
todas las literas con el objetivo de pasar la noche.
Comimos unas ricas viandas que Óliver, todo generosidad,
había comprado la tarde anterior en el Mesón “La Cueva”.
Después del sustancioso almuerzo, remontamos la vereda que
lleva hasta la acequia del Tío Papeles. Esta acequia era la que proveía de agua
al refugio de la Cucaracha, pero lleva ya unos años que el curso de agua está
cortado. Seguimos el trazado de la acequia hasta el barranco que baja de las
cumbres y en este lugar sí hay agua. Llenamos nuestras cantimploras.
Jesús, como siempre en los últimos años, se fue y no se
quedó con nosotros para pasar la noche. Tiene sus razones para regresar a
Maracena, pero siempre añoramos su presencia.
Al atardecer, comenzó una leve llovizna y la temperatura
bajó un poco. Los compañeros de morada encendieron la chimenea del refugio.
Como todos los años, ésta da humo, pero no tanto como en anteriores ocasiones.
Casi anocheciendo nos acercamos al Barranco del Aceral . El
paisaje de las cumbres nevadenses desde
aquí es espectacular: Veleta, La
Alcazaba y el Mulhacén se muestran pletóricos en la inmensidad del paisaje.
En la explanada donde se asienta La Cucaracha hay cobertura
de internet. Estuvimos hablando por whats app con José “El Reloj”, le mandamos
fotos y él nos envió un canto flamenco y para ello se vistió con la camiseta
del “VII memorial José Antonio Aranda”, fue emocionante, José ¡eres único!.
Mi compadre es el amo de las “nuevas tecnologías”. La
aplicación insertada en el móvil que detecta el nombre de las estrellas y constelaciones
nos dejó boquiabiertos. Aquí nos acordamos de José Antonio, él no ha podido
conocer estos avances técnicos. Recuerdo sus explicaciones magistrales del
universo, su facilidad para dejar fascinados a todos los presentes con sus
conocimientos científicos explicados con palabras sencillas para que todos le entendiéramos
y le siguiéramos.
La noche se hizo larga, las tablas de las literas son duras.
Amanecer en La Cucaracha te permite salir del refugio y
contemplar los colosos de Sierra Nevada . Es un regalo poder estar aquí.
Café y tostadas para desayunar. La mañana se presentó
nublada.
Rodrigo , mi compadre
y yo decidimos continuar el itinerario hasta el cruce del Valdecasillas con el
Valdeinfierno. Así lo hicimos. Merece la pena caminar por estos parajes
serranos en donde la vereda discurre entre riscos y pinares.
Cerca de Cueva
Secreta han construido un puente de madera para cruzar el río. Desde aquí hasta
el Barranco de San Juan hay dos horas y media de caminata suave y sin
pendientes.
En el camino de regreso, cerca de las minas, nos encontramos
con Dario,¡sigue igual!, y que no cambie porque así es como lo queremos.
Más abajo, cerca de la bifurcación de que baja al Puente del
Burro estaba Antonio Romero que había venido a nuestro
encuentro. Es una alegría el reencuentro con los amigos de siempre.
A las dos y media de la tarde llegamos al Barranco de San
Juan. En el restaurante que hay aquí almorzamos. Elena estaba esperándonos
también.
Han sido dos días inolvidables que siempre quedaran en nuestra
memoria, donde siempre estás tú presente querido amigo.


















































