lunes, 20 de agosto de 2018

Fecha de la próxima subida

Muy buenas amigos Cucaracheros..

Se va acercando el día tan esperado por todos nosotros.
Este año estamos pensando subir en el fin de semana 20-21 de octubre, aprovechando que nuestro querido amigo Jose estará aquí.
Así que ya sabéis... ir anotándolo en la agenda, para procurar tener libre esas fechas.

miércoles, 10 de enero de 2018

Relato del Xuxo - Cucaracha 2017

Como cada otoño, “La cucaracha” nos esperaba; como cada otoño, la sierra se vistió con sus mejores colores para recibirnos.
El itinerario comenzó el día anterior, puesto que siempre es necesaria una primera reunión para organizar esta actividad, aunque a decir verdad pocas cosas, después de doce años, son las que pueden ser novedad en cuanto a la preparación, y por lo tanto este encuentro se convierte en una confluencia de besos y abrazos con los que iniciar un intercambio de información sobre lo que ha sido de nuestras vidas en este último año, todo alrededor de unas cervezas y vinos que amenizan la charla.
A la mañana siguiente, ya vestidos con ropa de faena “montañera”, nos juntamos en el punto de partida, y mientras esperamos que vayan viniendo todos, algunos otros van desayunando. Aún no ha salido el sol, pero el día, meteorológicamente hablando, se presenta ideal para andar, sin amenaza de lluvia, algo nublado y con una temperatura más que agradable.
Esta vez se nos han unido algunos amigos de Enrique, el cuñado y la sobrina del Suso; necesitamos tres vehículos para llegar hasta el barranco de San Juan. Cuando llegamos a Güejar Sierra realizamos la obligada parada en la panadería, donde además de comprar el pan para las jornadas que nos esperan, adquirimos la “torta de manteca con chocolate” que a lo largo de la mañana nos aporta calorías suficientes para llegar hasta nuestro destino.
Ya amaneciendo y todavía motorizados, vamos por el antiguo camino del tranvía de la Sierra hasta el barranco de San Juan donde aparcamos, damos una última revisión a la mochila y nos preparamos para cambiar el motor de gasolina por la fuerza motriz de nuestras piernas, que en algunos casos, emiten sospechosas protestas por unas articulaciones que ya han pasado del medio siglo de vida.
El sonido del agua lo inunda todo y este año quizás resulta más agradable dado que son varios meses los que llevamos sin lluvias, con una primavera y un verano muy secos. En este sentido, la sierra nos muestra el regalo que sus nieves han aportado al terreno durante la pasada temporada invernal.
Poco a poco la vereda va haciendo sus grupos y en cada uno de ellos se van intercalando temas lúdicos y asuntos más serios, entre estos últimos siempre está presente el mundo laboral y la enorme crisis que genera en la sociedad la falta de trabajo o los salarios paupérrimos que la situación actual ofrece a los trabajadores.
El ritmo es diferente pero las sensaciones son muy parecidas; paz y pequeñez ante la grandeza de esta naturaleza que lo inunda todo y que tan lejana parecía en la ciudad.
El ritmo es diferente pero hay paradas que son sagradas; la primera ante “El abuelo”, el castaño centenario que nos muestra las cicatrices que algunos desarmados produjeron en algunas de sus raíces que muestra sin pudor desnudas; árbol entre todos que nos recuerda lo efímero de nuestras vidas, compañero del viento que le da voz, procurándole un lenguaje digno de los dioses como sin duda lo es también el batir de las olas; lástima que aún no sepamos descubrir los mensajes que encierran estos susurros.
Nuestro caminar nos lleva hasta el “Vadillo” y constatamos que son menos las chorreras húmedas que nos hemos encontrado a lo largo de la vereda; que hay menos castañas, que el verano se resiste a irse, que la sequedad es mayor; ¿Cómo se puede dudar de que el cambio climático está entre nosotros? ¿Cómo es posible que se piense aún que lo que está pasando no es más que algo cíclico? Parece inverosímil que el ser que ha sido capaz de domeñar la naturaleza no tenga la suficiente inteligencia para protegerla y por ende asegurar su futuro.
En Vadillo un pequeño descanso; más tiempo del necesario sería perjudicial. Hemos calentado nuestro organismo, le hemos dado un pequeño respiro para tomar impulso y afrontar la subida de los presidiarios sin prisa, con calma, pero sin demasiadas pausas ya que estas podrían volverse contra nosotros. De vez en cuando reducimos el ritmo de marcha para que se nos incorporen los más “pensativos”. Las conversaciones van disminuyendo para dejar paso a la toma de aire tan necesario en las subidas, pero también es cierto que las charlas animan el zigzagueo de la cuesta. Las sombras que dominan el camino evitan el calor excesivo, pero en las paradas, el fresco puede ser demasiado y por tanto hay que tener cuidado en las mismas.
Poco a poco la “Vereda de la Estrella” va quedando abajo, a nuestra derecha, cada vez más profunda; el ruido del río Genil nos abandonó también y ahora sólo escuchamos el canto de algunos pájaros y el revolotear de alguna asustada perdiz.
De vez en cuando echamos una mirada hacia arriba, a la izquierda, esperando descubrir un azul del cielo que nos indica que la parte más dura de la cuesta está pronta a terminar. Y aparece; nada es eterno.
En esta subida nos encontramos con otros excursionistas que vienen de vuelta, y en esta ocasión, dos señoras francesas nos piden consejo para buscar alojamiento en Granada; Antonio, nuestro intérprete en la lengua de Molière, les aconseja a la perfección y ellas nos lo agradecen con unos miles de “merci”.
Los móviles se han hecho instrumentos imprescindible de nuestro equipaje, nos sirven para perpetuar los momentos que creemos pueden ser más interesantes y a la par nos ofrecen la posibilidad de poder hacer partícipes a aquellos y aquellas que no han podido acompañarnos en nuestra espléndida excursión, de todo lo que vamos contemplando en tiempo real.
Llegamos a la Cucaracha que se nos ofrece toda entera para nuestro grupo. Las personas que han pernoctado la noche anterior ya se han marchado y sus “cómodas” literas están prontas a recibir nuestros sacos de dormir que cual si fueran cuerpos inertes advierten a posibles nuevos inquilinos que ese lecho ya tiene dueño para al menos esa noche.
Ya instalados, salimos a la explanada que hay ante la edificación para disfrutar del sol y de las nueces, este año pocas, que hay por entre la hojarasca. Los comentarios sobre la subida no son muchos, la conocemos demasiado y aunque nuestra admiración por ella no disminuye, digamos que se ha establecido una relación de pareja entre cada uno de nosotros y esta cuesta, digamos que esta relación desemboca en un diálogo sin palabras que se desarrolla a lo largo de su subida, un clímax íntimo y que por tanto no tiene que trasvasar la frontera de este dúo temporal.
Se habla sobre todo de las múltiples anécdotas que han jalonado la historia de “La compensatoria”. De lo que ha sido de las vidas de todo el alumnado que ha pasado por sus aulas, y de José Antonio, de sus clases magistrales ante la naturaleza, ante el cielo estrellado. Nadie olvida que estamos en “La Cucaracha” para recordarlo, porque nadie muere si pervive en nuestra memoria, en nuestras conversaciones, y él, en estas jornadas forma parte del grupo como uno más. Y entre sonrisas y parloteo, el ronroneo de los estómagos nos recuerda que es la hora de comer. Se vacían las mochilas y aparecen viandas de lo más variopintas, todas llenas de colesterol, y entre ellas se calientan unos callos acompañados por tragos de vino que hacen la delicia de todo el personal; hasta hay chocolate como postre después del cual algunos se retiran a descansar y otros nos vamos hasta el barranco del Aceral a recoger agua. De vuelta “exploramos” la entrada de una de las minas abandonadas que hay por este tramo de vereda. Miles de mosquitos y cientos de arañas pululan por sus techos donde sólo hay unos cuantos murciélagos que permanecen inmóviles ante las luces de nuestras linternas.
De nuevo en “La Cucaracha” seguimos disfrutando del paisaje y sobre todo de las cumbres que nos vigilan muy de cerca, por un lado “La Alcazaba”, “El Mulhacén” y “El Puntal de la Caldera”, trío inseparable; por otro “El Veleta”, su corral y el río que nace en su lecho “el Guarnón”.
Algunos nos despedimos ya del resto del grupo; no dormimos en el refugio. Nos despedimos hasta mañana, porque este encuentro no acaba con la caminata al igual que no empezó con la misma.
Al día siguiente tenemos un almuerzo en el bar Ramón, regentado ahora por un antiguo alumno. A él asisten además algunos familiares de los andarines y aparece Ernesto con su pareja y su hijo José Antonio para recordarnos que la saga continúa.