Como cada otoño, “La
cucaracha” nos esperaba; como cada otoño, la sierra se vistió con sus mejores
colores para recibirnos.
El itinerario comenzó el día
anterior, puesto que siempre es necesaria una primera reunión para organizar
esta actividad, aunque a decir verdad pocas cosas, después de doce años, son
las que pueden ser novedad en cuanto a la preparación, y por lo tanto este
encuentro se convierte en una confluencia de besos y abrazos con los que
iniciar un intercambio de información sobre lo que ha sido de nuestras vidas en
este último año, todo alrededor de unas cervezas y vinos que amenizan la
charla.
A la mañana siguiente, ya
vestidos con ropa de faena “montañera”, nos juntamos en el punto de partida, y
mientras esperamos que vayan viniendo todos, algunos otros van desayunando. Aún
no ha salido el sol, pero el día, meteorológicamente hablando, se presenta
ideal para andar, sin amenaza de lluvia, algo nublado y con una temperatura más
que agradable.
Esta vez se nos han unido
algunos amigos de Enrique, el cuñado y la sobrina del Suso; necesitamos tres
vehículos para llegar hasta el barranco de San Juan. Cuando llegamos a Güejar
Sierra realizamos la obligada parada en la panadería, donde además de comprar
el pan para las jornadas que nos esperan, adquirimos la “torta de manteca con
chocolate” que a lo largo de la mañana nos aporta calorías suficientes para
llegar hasta nuestro destino.
Ya amaneciendo y todavía
motorizados, vamos por el antiguo camino del tranvía de la Sierra hasta el
barranco de San Juan donde aparcamos, damos una última revisión a la mochila y
nos preparamos para cambiar el motor de gasolina por la fuerza motriz de
nuestras piernas, que en algunos casos, emiten sospechosas protestas por unas
articulaciones que ya han pasado del medio siglo de vida.
El sonido del agua lo inunda
todo y este año quizás resulta más agradable dado que son varios meses los que
llevamos sin lluvias, con una primavera y un verano muy secos. En este sentido,
la sierra nos muestra el regalo que sus nieves han aportado al terreno durante
la pasada temporada invernal.
Poco a poco la vereda va
haciendo sus grupos y en cada uno de ellos se van intercalando temas lúdicos y
asuntos más serios, entre estos últimos siempre está presente el mundo laboral
y la enorme crisis que genera en la sociedad la falta de trabajo o los salarios
paupérrimos que la situación actual ofrece a los trabajadores.
El ritmo es diferente pero
las sensaciones son muy parecidas; paz y pequeñez ante la grandeza de esta
naturaleza que lo inunda todo y que tan lejana parecía en la ciudad.
El ritmo es diferente pero
hay paradas que son sagradas; la primera ante “El abuelo”, el castaño
centenario que nos muestra las cicatrices que algunos desarmados produjeron en
algunas de sus raíces que muestra sin pudor desnudas; árbol entre todos que nos
recuerda lo efímero de nuestras vidas, compañero del viento que le da voz,
procurándole un lenguaje digno de los dioses como sin duda lo es también el
batir de las olas; lástima que aún no sepamos descubrir los mensajes que
encierran estos susurros.
Nuestro caminar nos lleva
hasta el “Vadillo” y constatamos que son menos las chorreras húmedas que nos
hemos encontrado a lo largo de la vereda; que hay menos castañas, que el verano
se resiste a irse, que la sequedad es mayor; ¿Cómo se puede dudar de que el
cambio climático está entre nosotros? ¿Cómo es posible que se piense aún que lo
que está pasando no es más que algo cíclico? Parece inverosímil que el ser que
ha sido capaz de domeñar la naturaleza no tenga la suficiente inteligencia para
protegerla y por ende asegurar su futuro.
En Vadillo un pequeño
descanso; más tiempo del necesario sería perjudicial. Hemos calentado nuestro
organismo, le hemos dado un pequeño respiro para tomar impulso y afrontar la
subida de los presidiarios sin prisa, con calma, pero sin demasiadas pausas ya
que estas podrían volverse contra nosotros. De vez en cuando reducimos el ritmo
de marcha para que se nos incorporen los más “pensativos”. Las conversaciones
van disminuyendo para dejar paso a la toma de aire tan necesario en las
subidas, pero también es cierto que las charlas animan el zigzagueo de la
cuesta. Las sombras que dominan el camino evitan el calor excesivo, pero en las
paradas, el fresco puede ser demasiado y por tanto hay que tener cuidado en las
mismas.
Poco a poco la “Vereda de la
Estrella” va quedando abajo, a nuestra derecha, cada vez más profunda; el ruido
del río Genil nos abandonó también y ahora sólo escuchamos el canto de algunos
pájaros y el revolotear de alguna asustada perdiz.
De vez en cuando echamos una
mirada hacia arriba, a la izquierda, esperando descubrir un azul del cielo que
nos indica que la parte más dura de la cuesta está pronta a terminar. Y
aparece; nada es eterno.
En esta subida nos
encontramos con otros excursionistas que vienen de vuelta, y en esta ocasión,
dos señoras francesas nos piden consejo para buscar alojamiento en Granada;
Antonio, nuestro intérprete en la lengua de Molière, les aconseja a la
perfección y ellas nos lo agradecen con unos miles de “merci”.
Los móviles se han hecho
instrumentos imprescindible de nuestro equipaje, nos sirven para perpetuar los
momentos que creemos pueden ser más interesantes y a la par nos ofrecen la
posibilidad de poder hacer partícipes a aquellos y aquellas que no han podido
acompañarnos en nuestra espléndida excursión, de todo lo que vamos contemplando
en tiempo real.
Llegamos a la Cucaracha que
se nos ofrece toda entera para nuestro grupo. Las personas que han pernoctado
la noche anterior ya se han marchado y sus “cómodas” literas están prontas a
recibir nuestros sacos de dormir que cual si fueran cuerpos inertes advierten a
posibles nuevos inquilinos que ese lecho ya tiene dueño para al menos esa
noche.
Ya instalados, salimos a la
explanada que hay ante la edificación para disfrutar del sol y de las nueces,
este año pocas, que hay por entre la hojarasca. Los comentarios sobre la subida
no son muchos, la conocemos demasiado y aunque nuestra admiración por ella no
disminuye, digamos que se ha establecido una relación de pareja entre cada uno
de nosotros y esta cuesta, digamos que esta relación desemboca en un diálogo
sin palabras que se desarrolla a lo largo de su subida, un clímax íntimo y que
por tanto no tiene que trasvasar la frontera de este dúo temporal.
Se habla sobre todo de las
múltiples anécdotas que han jalonado la historia de “La compensatoria”. De lo
que ha sido de las vidas de todo el alumnado que ha pasado por sus aulas, y de
José Antonio, de sus clases magistrales ante la naturaleza, ante el cielo
estrellado. Nadie olvida que estamos en “La Cucaracha” para recordarlo, porque
nadie muere si pervive en nuestra memoria, en nuestras conversaciones, y él, en
estas jornadas forma parte del grupo como uno más. Y entre sonrisas y parloteo,
el ronroneo de los estómagos nos recuerda que es la hora de comer. Se vacían
las mochilas y aparecen viandas de lo más variopintas, todas llenas de
colesterol, y entre ellas se calientan unos callos acompañados por tragos de
vino que hacen la delicia de todo el personal; hasta hay chocolate como postre
después del cual algunos se retiran a descansar y otros nos vamos hasta el
barranco del Aceral a recoger agua. De vuelta “exploramos” la entrada de una de
las minas abandonadas que hay por este tramo de vereda. Miles de mosquitos y cientos
de arañas pululan por sus techos donde sólo hay unos cuantos murciélagos que
permanecen inmóviles ante las luces de nuestras linternas.
De nuevo en “La Cucaracha”
seguimos disfrutando del paisaje y sobre todo de las cumbres que nos vigilan
muy de cerca, por un lado “La Alcazaba”, “El Mulhacén” y “El Puntal de la
Caldera”, trío inseparable; por otro “El Veleta”, su corral y el río que nace
en su lecho “el Guarnón”.
Algunos nos despedimos ya
del resto del grupo; no dormimos en el refugio. Nos despedimos hasta mañana,
porque este encuentro no acaba con la caminata al igual que no empezó con la
misma.
Al día siguiente tenemos un
almuerzo en el bar Ramón, regentado ahora por un antiguo alumno. A él asisten
además algunos familiares de los andarines y aparece Ernesto con su pareja y su
hijo José Antonio para recordarnos que la saga continúa.
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