domingo, 24 de octubre de 2021
jueves, 21 de octubre de 2021
Crónica de la subida 2021. Enrique Reyes
-Éste año te encargas tú del relato – me lanzaba en claro órdago y a modo de envite ni más ni menos que Antonio, el Gran Antonio.
Ardua tarea
se me encomienda, pensé yo. Los listones están muy altos, y aunque uno que no
es de tales menesteres, bien orgulloso recojo el testigo y templando armas me
lanzo a relatar lo acontecido en esta edición, la número catorce, de la subida
a la Cucaracha que se celebra como cada año coincidiendo con la llamada del
otoño.
LA PREVIA
Viene siendo
habitual que los parroquianos y parroquianas amantes de este tipo de aventuras
se den cita en los primeros compases del otoño para, no diría yo homenajear
sino más bien mantener viva la llama del alma mater y principal hacedor de este
invento. Hablo de Jose Antonio, como ya habréis podido imaginar.
Y es que todo
comienza, cuando la noche aún sigue siendo noche, con una quedada en el lugar
de costumbre para dar sabida cuenta del ya tradicional chocolate con churros y
de ahí partir con los primeros albores del día hasta el Barranco de San Juan
donde comienza la ruta, no sin antes hacer parada en Güejar Sierra para
“mercar” lo poco que la falta a las repletas y compactas mochilas “de la
compe”: la típica hogaza de crujiente pan recién horneado y alguna que otra
suculenta torta de chicharrones, de esas que quitan el sentido.
DE COMO
EMPEZAMOS LA RUTA
Ya de día,
con el frescor matinal venido de la Sierra que nos trae en volandas el río
Genil nos ponemos en marcha.
Por delante
unos 12 km de ida que iniciamos con el primer escollo. Una rampa de entrada no
muy exigente pero que te pilla en frío. Pronto la vereda de la Estrella se
eleva hasta que te permite divisar el serpenteante camino que se abraza a la
montaña que corteja la ruta. En el horizonte, una Alcazaba majestuosa no deja
indiferente a nadie.
El otoño
irrumpe con fuerza en las copas de los árboles invitando irremediablemente a
morir a un verano que se resiste a marcharse, con unos verdes ya mortecinos,
tornándose a ocres, rojizos y violetas.
Aún se
advierte a lo lejos el clamor del agua del río que ya queda muy por debajo de
nuestros pies. Y es que en un abrir y cerrar de ojos y como quien no quiere la
cosa hemos ascendido de manera considerable.
Pronto, los
más aventajados llegan al Abuelo, un viejo castaño centenario, fiel vigía y
centinela de la vereda que sirve de punto de reagrupamiento ya que cada cual
lleva su ritmo y su particular disfrute del paisaje.
La visita,
como no podía ser de otra manera, queda inmortalizada con alguna que otra
instantánea antes de reanudar la marcha.
Poco queda
para dejar la vereda tomando el desvío que nos hará descender de nuevo, al
conocido como “puente del burro”.
DE COMO AVITUALLAMOS
ANTES DEL CALVARIO
En estas
llegamos al río. Punto de inflexión de la ruta. Hasta ahí todo va sobre ruedas.
Momento para descansar un poco, soltar las mochilas, beber agua e incluso
comer. Las tortas de chicharrones se disponen a cumplir con su objetivo. Los
más atrevidos se lavan la cara en las gélidas aguas del río, como en una
especie de ritual.
En otras
ocasiones este punto servía como punto de regreso para algunos pero este año,
el grupo al completo osa llegar hasta arriba.
De pronto me
vienen reminiscencias pretéritas. Recuerdo la primera vez que fui allí, siendo
un zagal, como me relataba Jose Antonio lo que se nos venía encima. Me hablaba
de la parte más dura de la ruta. Da igual como la afrontes, si para arriba o
para abajo -me decía-. Levanto las vista y allí está, la emblemática, mítica y
a la vez temida Cuesta de los Presidiarios.
Aquí no valen
excusas. La Cuesta de los Presidiarios te echa un pulso cada vez que vas. Da
igual como vayas, como hayas llegado hasta allí. Hay que tomárselo con calma.
Son algo más de 2,5 km de ascensión por una, primero inestable, vereda
serpenteante. La inclinación no deja que levantes ni la vista.
Algunos meten
la directa. Se ve que hay fondo en las piernas. Otros, los más precavidos,
prefieren ir haciendo paradas, más que por precaución, por obligación.
Y es que la
rampa se las trae. En algunos trechos, la cosa se suaviza. Entonces puedes
disfrutar del paisaje. El Veleta, adornado con sus brumas de azules mañaneras.
Un poco más a la izquierda, el Mulhacén, en perfecta simbiosis, discutiéndose
al alimón el protagonismo con su vecino y la Alcazaba, que se erige
impertérrita.
Una breve y
necesaria parada en un improvisado mirador nos sirve para tomar aire e
impregnarnos de todos los aromas que nos vienen de la sierra. Abajo, a lo
lejos, muy a lo lejos, la vereda de la Estrella sigue su sinuoso camino. Parece
increíble que en tan poco trayecto se haya ascendido tanto. Poco a poco van
llegando. Unos cabizbajos, otras, valientes, deciden seguir y los más rezagados
ayudados por los improvisados sherpas que se ofrecen a aliviar de la carga las
castigadas espaldas.
DE COMO
LLEGAMOS A LA CUCHARACHA
Poco queda ya
para llegar. Apenas 15 minutos por un sendero cómodo, con alguna elevación pero
con unas vistas impresionantes.
Se va
abriendo el paisaje y allí aparece. Un “hilillo” de humo nos dice que los más
aventajados ya están preparando el hogar.
El lugar en
sí no es muy acogedor que digamos pero está cargado de nostalgia. Todos los que
entramos allí hacemos del espacio nuestra casa improvisada.
Llega la
primera sorpresa del día. Jose Ramal se ha agenciado una sartén (de los chinos,
nos dice) y nos va a preparar un arroz.
¡¡¡La madre
que lo parió!!!. Ha sido capaz de meter en la mochila todos los arreos
necesarios para una excursión de este tipo y además una sartén con todos los
ingredientes típicos para una paella campestre. Y la gracia es que estaba hasta
buena y todo.
Mientras, los
demás nos tomamos nuestro tiempo de asueto. La peña que habita “quasi” colgada
en la ladera nos ofrece unas vistas impresionantes que escapan a cualquier definición.
La temperatura es veraniega e invita a meditar.
De pronto
toca la sirena. El arroz está listo y toda la tropa saborea tal manjar entre vítores
y aplausos al improvisado chef.
Una bota de
vino “rula” de mano en mano regando a los sedientos comensales. Aquello, bien
parece una celebración con grandes fastos más que un almuerzo de senderistas.
Mientras, los
más jóvenes, sabios conocedores del lugar, hacen planes para la tarde. Después
de una breve siesta hay que ir al Aceral a por agua, recoger algo de leña para
la noche y preparar la estancia.
Y es que la
excursión incluye el alojamiento porque el regreso se hace al día siguiente. Bueno,
eso para algunas y algunos porque un pequeño grupo, entre el que se encuentra
este que relata, torna sobre sus pasos convirtiendo la ruta en ida y vuelta en
el día.
La historia
de este año termina como deben terminar estas historias, al calor de unas
merecidas cervezas y alguna que otra copa de vino en una comida de hermandad
que este año se celebraba en el Asadero.
A TÍTULO
PERSONAL
En estos
tiempos en los que priman las prisas, la competitividad por llegar rápido no se
sabe muy bien a donde y para qué, me es muy grato saber que aún quedan personas
capaces de unirse en torno a una vida que se vió sesgada de manera injusta y
temprana.
Hacer de una
excursión un lugar de encuentro al año y que todas y todos, los que asisten y
los que no, rememoren aquellos maravillosos años de la compensatoria haciendo
que los nexos de unión se fortalezcan, no tiene precio.
Gracias a
todos y cada una de vosotras y vosotros por mantener año tras año viva la llama
de la Cucharacha.
Gracias a los
incombustibles Antonio, Natalio y Xuxo. Gracias por tanto, de verdad. A María,
que después de tantos años se ha atrevido, por fin, con el ascenso, ascenso que
ha superado con creces. Gracias, también a los “compensatorios” que este año
han asisitido. Jose, incansable maestro de ceremonias una vez más, a mi tocayo
Enrique y a su hermano Oliver, a Rodrigo, a Pedro, a Irene, a Verónica y a Mari
Paz, gracias por participar de este emotivo momento. Gracias también, a todos
los que, de un modo y otro, hacéis que esta excursión se haga cada vez más
grande.
Y como no,
gracias infinitas a Jose Antonio, el eterno Jose Antonio por sembrar, sin
saberlo, las semilla de la amistad, de la humildad y de la generosidad. Gracias
de corazón.
Fdo: Enrique
Reyes
