jueves, 21 de octubre de 2021

Crónica de la subida 2021. Enrique Reyes

 

-Éste año te encargas tú del relato – me lanzaba en claro órdago y a modo de envite ni más ni menos que Antonio, el Gran Antonio.

Ardua tarea se me encomienda, pensé yo. Los listones están muy altos, y aunque uno que no es de tales menesteres, bien orgulloso recojo el testigo y templando armas me lanzo a relatar lo acontecido en esta edición, la número catorce, de la subida a la Cucaracha que se celebra como cada año coincidiendo con la llamada del otoño.

 

LA PREVIA

Viene siendo habitual que los parroquianos y parroquianas amantes de este tipo de aventuras se den cita en los primeros compases del otoño para, no diría yo homenajear sino más bien mantener viva la llama del alma mater y principal hacedor de este invento. Hablo de Jose Antonio, como ya habréis podido imaginar.

Y es que todo comienza, cuando la noche aún sigue siendo noche, con una quedada en el lugar de costumbre para dar sabida cuenta del ya tradicional chocolate con churros y de ahí partir con los primeros albores del día hasta el Barranco de San Juan donde comienza la ruta, no sin antes hacer parada en Güejar Sierra para “mercar” lo poco que la falta a las repletas y compactas mochilas “de la compe”: la típica hogaza de crujiente pan recién horneado y alguna que otra suculenta torta de chicharrones, de esas que quitan el sentido.

 

DE COMO EMPEZAMOS LA RUTA

Ya de día, con el frescor matinal venido de la Sierra que nos trae en volandas el río Genil nos ponemos en marcha.

Por delante unos 12 km de ida que iniciamos con el primer escollo. Una rampa de entrada no muy exigente pero que te pilla en frío. Pronto la vereda de la Estrella se eleva hasta que te permite divisar el serpenteante camino que se abraza a la montaña que corteja la ruta. En el horizonte, una Alcazaba majestuosa no deja indiferente a nadie.

El otoño irrumpe con fuerza en las copas de los árboles invitando irremediablemente a morir a un verano que se resiste a marcharse, con unos verdes ya mortecinos, tornándose a ocres, rojizos y violetas.

Aún se advierte a lo lejos el clamor del agua del río que ya queda muy por debajo de nuestros pies. Y es que en un abrir y cerrar de ojos y como quien no quiere la cosa hemos ascendido de manera considerable.

Pronto, los más aventajados llegan al Abuelo, un viejo castaño centenario, fiel vigía y centinela de la vereda que sirve de punto de reagrupamiento ya que cada cual lleva su ritmo y su particular disfrute del paisaje.

La visita, como no podía ser de otra manera, queda inmortalizada con alguna que otra instantánea antes de reanudar la marcha.

Poco queda para dejar la vereda tomando el desvío que nos hará descender de nuevo, al conocido como “puente del burro”.

 

DE COMO AVITUALLAMOS ANTES DEL CALVARIO

En estas llegamos al río. Punto de inflexión de la ruta. Hasta ahí todo va sobre ruedas. Momento para descansar un poco, soltar las mochilas, beber agua e incluso comer. Las tortas de chicharrones se disponen a cumplir con su objetivo. Los más atrevidos se lavan la cara en las gélidas aguas del río, como en una especie de ritual.

En otras ocasiones este punto servía como punto de regreso para algunos pero este año, el grupo al completo osa llegar hasta arriba.

De pronto me vienen reminiscencias pretéritas. Recuerdo la primera vez que fui allí, siendo un zagal, como me relataba Jose Antonio lo que se nos venía encima. Me hablaba de la parte más dura de la ruta. Da igual como la afrontes, si para arriba o para abajo -me decía-. Levanto las vista y allí está, la emblemática, mítica y a la vez temida Cuesta de los Presidiarios.

 DE COMO AFRONTAMOS LA SUBIDA

Aquí no valen excusas. La Cuesta de los Presidiarios te echa un pulso cada vez que vas. Da igual como vayas, como hayas llegado hasta allí. Hay que tomárselo con calma. Son algo más de 2,5 km de ascensión por una, primero inestable, vereda serpenteante. La inclinación no deja que levantes ni la vista.

Algunos meten la directa. Se ve que hay fondo en las piernas. Otros, los más precavidos, prefieren ir haciendo paradas, más que por precaución, por obligación.

Y es que la rampa se las trae. En algunos trechos, la cosa se suaviza. Entonces puedes disfrutar del paisaje. El Veleta, adornado con sus brumas de azules mañaneras. Un poco más a la izquierda, el Mulhacén, en perfecta simbiosis, discutiéndose al alimón el protagonismo con su vecino y la Alcazaba, que se erige impertérrita.

Una breve y necesaria parada en un improvisado mirador nos sirve para tomar aire e impregnarnos de todos los aromas que nos vienen de la sierra. Abajo, a lo lejos, muy a lo lejos, la vereda de la Estrella sigue su sinuoso camino. Parece increíble que en tan poco trayecto se haya ascendido tanto. Poco a poco van llegando. Unos cabizbajos, otras, valientes, deciden seguir y los más rezagados ayudados por los improvisados sherpas que se ofrecen a aliviar de la carga las castigadas espaldas.

 

DE COMO LLEGAMOS A LA CUCHARACHA

Poco queda ya para llegar. Apenas 15 minutos por un sendero cómodo, con alguna elevación pero con unas vistas impresionantes.

Se va abriendo el paisaje y allí aparece. Un “hilillo” de humo nos dice que los más aventajados ya están preparando el hogar.

El lugar en sí no es muy acogedor que digamos pero está cargado de nostalgia. Todos los que entramos allí hacemos del espacio nuestra casa improvisada.

Llega la primera sorpresa del día. Jose Ramal se ha agenciado una sartén (de los chinos, nos dice) y nos va a preparar un arroz.

¡¡¡La madre que lo parió!!!. Ha sido capaz de meter en la mochila todos los arreos necesarios para una excursión de este tipo y además una sartén con todos los ingredientes típicos para una paella campestre. Y la gracia es que estaba hasta buena y todo.

Mientras, los demás nos tomamos nuestro tiempo de asueto. La peña que habita “quasi” colgada en la ladera nos ofrece unas vistas impresionantes que escapan a cualquier definición. La temperatura es veraniega e invita a meditar.

De pronto toca la sirena. El arroz está listo y toda la tropa saborea tal manjar entre vítores y aplausos al improvisado chef.

Una bota de vino “rula” de mano en mano regando a los sedientos comensales. Aquello, bien parece una celebración con grandes fastos más que un almuerzo de senderistas.

Mientras, los más jóvenes, sabios conocedores del lugar, hacen planes para la tarde. Después de una breve siesta hay que ir al Aceral a por agua, recoger algo de leña para la noche y preparar la estancia.

Y es que la excursión incluye el alojamiento porque el regreso se hace al día siguiente. Bueno, eso para algunas y algunos porque un pequeño grupo, entre el que se encuentra este que relata, torna sobre sus pasos convirtiendo la ruta en ida y vuelta en el día.

La historia de este año termina como deben terminar estas historias, al calor de unas merecidas cervezas y alguna que otra copa de vino en una comida de hermandad que este año se celebraba en el Asadero.

 

A TÍTULO PERSONAL

En estos tiempos en los que priman las prisas, la competitividad por llegar rápido no se sabe muy bien a donde y para qué, me es muy grato saber que aún quedan personas capaces de unirse en torno a una vida que se vió sesgada de manera injusta y temprana.

Hacer de una excursión un lugar de encuentro al año y que todas y todos, los que asisten y los que no, rememoren aquellos maravillosos años de la compensatoria haciendo que los nexos de unión se fortalezcan, no tiene precio.

Gracias a todos y cada una de vosotras y vosotros por mantener año tras año viva la llama de la Cucharacha.

Gracias a los incombustibles Antonio, Natalio y Xuxo. Gracias por tanto, de verdad. A María, que después de tantos años se ha atrevido, por fin, con el ascenso, ascenso que ha superado con creces. Gracias, también a los “compensatorios” que este año han asisitido. Jose, incansable maestro de ceremonias una vez más, a mi tocayo Enrique y a su hermano Oliver, a Rodrigo, a Pedro, a Irene, a Verónica y a Mari Paz, gracias por participar de este emotivo momento. Gracias también, a todos los que, de un modo y otro, hacéis que esta excursión se haga cada vez más grande.

Y como no, gracias infinitas a Jose Antonio, el eterno Jose Antonio por sembrar, sin saberlo, las semilla de la amistad, de la humildad y de la generosidad. Gracias de corazón.

Fdo: Enrique Reyes

6 comentarios:

  1. No hay mejor descripción de lo vivido que lo que expresa Enrique en esas palabras, gracias a todos por hacer este excursión posible.
    Y como dice un texto que aparece en el Albergue "has llegado al sitio donde los problemas de la sociedad no existen" LA CUCARACHA
    En recuerdo a mi maestro de la Vida Jose Antonio
    Salud para todos
    RODRIGO

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  2. Magistral y emotivo. Querido Enrique deseo expresarte mi reconocimiento personal por estas palabras que reflejan la experiencia vivida. ¡Grande Enrique!.
    Un abrazo enorme para todos los que hacéis posible que el recuerdo de nuestro querido y añorado José Antonio siga vivo y perdure en el tiempo. Os quiero

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  3. Muy ameno y emotivo, con un lenguaje que combina lo coloquial y literario. Describes magistralmente el itinerario y resaltas los hechos más significativos, sin olvidar los agradecimientos a todos y todas.
    Enhorabuena por tu artículo y ánimo para proseguir el año que viene.

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  4. Alguien dijo una vez que el éxito pasaba por rodearse de personas potentes. Yo, sin duda alguna, he tenido esa suerte con todos y cada uno de vosotros. Se os quiere

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