Relato de Antonio Molina
En la Taberna de Angel de Maracena, habíamos elegido en el calendario el 26 y 27 de octubre de 2024 para una vez más, y ya van dieciséis, realizar el Memorial José Antonio Aranda Segovia.
El lugar de partida fue la churrería de David, junto al Barranquillo de Maracena. Al alba llegaron José Manuel (Reloj), Oliver, Manolo, Alejandro, Cristina, Jesús, Jorge, Pedro y Antonio. Después de desayunar café y churros, partimos en coche hacia Güéjar- Sierra. Allí junto a la panadería de la plaza de la iglesia nos esperaban Paola, Javi, Raquel, Lola, Rafael, Celia y Enrique.
Con las primeras luces del día llegamos al Barranco de San Juan. En la explanada del final del camino aparcamos los coches. Enfrente confluyen el río San Juan que baja del Corral del Veleta con el río Genil. En este lugar estuvo en su tiempo la última parada del Tranvía de Sierra Nevada. El Duque de San Pedro de Galatino promovió su construcción. La línea férrea tuvo un recorrido bellísimo. Seguía el curso del Genil uniendo Granada capital y las proximidades de las cumbres nevadenses.
Cargados con nuestras mochilas, comenzamos el itinerario a pie, siguiendo la Vereda de la Estrella, en sentido ascendente. Al principio la senda es empinada pero pronto su trazado se suaviza, serpentea por la ladera de San Juan y está bordeada de castaños, arces, fresnos, encinas y robles al encuentro de las minas de calcopirita que estuvieron en funcionamiento hasta mediados del siglo XX.
La Compensatoria, la “escuela de la alegría”, fue acogedora e inclusiva. “Siempre contentos”, era nuestro lema. Esa norma sigue presente en nuestros días. La risa continuamente nos acompaña. Recordamos los partidos de fútbol, la astucia de José Antonio para siempre elegir el mejor equipo; las acampadas, los viajes, el taller, las fiestas,…
A media hora del Barranco de San Juan, nos topamos con “el abuelo”, castaño centenario al lado del camino. Allí nos esperaba Enrique y su grupo. Enrique Reyes, es nuestro reportero gráfico. Siempre presente en este homenaje a su primo hermano José Antonio, quien fue para él un referente como persona y un maestro de enseñanza inigualable.
Como siempre Antonio se queda rezagado, caminando despacio, sin prisas, hablando con José Reloj de los próximos proyectos a realizar por el grupo. El año próximo, me propone que debemos hacer un viaje grandioso, pues se cumplen veinte años de la efeméride que nos ocupa. Iremos a visitar a Ernesto y que él nos enseñe la comunidad de Cantabria. Ahí está el reto para todos. La primera salida mayúscula de la Escuela de Compensatoria fue participar en el programa de Escuela Viajeras, allá por el año 1987. Visitamos Picos de Europa, Santander, Santillana del Mar, Santoña, Cabezón de la Sal,…
Continuamos por la cómoda senda de la Estrella hasta un cruce de veredas señalizadas. Tomamos la de la izquierda y comenzamos a descender para llegar al Puente del Burro que cruza el Río Genil, ahora comenzamos un fuerte ascenso por la Cuesta de los Presidiarios. Oliver y Manolo iniciaron la subida con brío. La idea es llegar de los primeros al Refugio de la Cucaracha y coger sitio para dormir. Es increíble como Pedro, su hijo Jesús y su sobrino Jorge suben la empinada senda. Cristina y Alex muestran su fortaleza para andar. Enrique y su grupo les siguen. Y como siempre Antonio el último de la fila.
Continuos zig zags de la trocha, fuimos ganando metros a la loma hasta alcanzar un precioso mirador del Barranco del Guarnón y el Veleta. La Cabecera del río Genil forma el circo más majestuoso de toda Sierra Nevada. Todos los grandes colosos desde el Pico del Cuervo, Puntal de Bacares, Puntal del Goterón, La Alcazaba, Puntal de Siete Lagunas, El Mulhacén, Puntal de la Caldera, Juego de Bolos, Crestones de Río Seco, Cerro de los Machos hasta el Veleta forman un semicírculo de cuyos tajos y escarpes se van deslizando las aguas que unidas forman el Genil.
Después de más de dos horas de la salida de Vadillo José Reloj y Antonio llegaron al refugio de la Cucaracha. Allí se encontraba todo el grupo esperándoles.
El paisaje se mostraba espléndido, radiante de colores ocres, rojizos, amarillos, … Estamos en pleno otoño. Al fondo se oye el rugir del agua que baja precipitadamente de las alturas. Enfrente, los nortes de la sierra se iluminan con el sol de mediodía.
La comida nos une. Oliver y José Reloj propusieron en su día llevar viandas para compartir. Una paella al almuerzo y “carme a la brasa” al anochecer. Todo un lujo gastronómico. Todos colaboraron en acarrear los ingredientes del guiso, con sus correspondientes bebidas de vino, cerveza y refrescos. Hasta una botella de Jack Daniel´s para la noche.
Buscando en las inmediaciones del refugio hicimos acopio de leña porque la tarde amenazaba lluvia y bajada de temperaturas.
¡Qué rica paella cocinó Jose Reloj! Verduras, carne, gambas, arroz, buen aceite,… y mucho cariño. El secreto de todo esto está en la actitud positiva y en esa cuestión no hay quien le gane al Reloj.
Al atardecer nos desplazamos al barranco del Aceral en busca de agua. Allí discurre un arroyo con aguas ferruginosas.
De pronto cayó la noche. Comenzó a llover agua nieve y el frío hizo su presencia. Nosotros, junto con una quincena de montañeros, nos resguardamos en el refugio. Dentro, la chimenea ardía esplendorosa, con vigor, atizada la leña por Oliver que preparaba las ascuas para hacer la parrillada. Manolo nos obsequió con vino de la Contraviesa. Entre tapeo y risas comenzamos la velada nocturna. Afuera la nieve caía en copos gruesos y las cumbres se vestían de blanco.
La cena fue rica y copiosa. Oliver es el parrillero oficial de la Compensatoria. Churrascos, morcillas, chorizos, panceta, “lagarto”,… chisporroteaban entre ascuas.
Un lujo el poder estar aquí, rodeado de amigos, compartiendo manjares y riendo a carcajada suelta. Esta experiencia lúdica, deportiva y gastronómica es en tu nombre, querido y recordado amigo José Antonio Aranda Segovia.
Nos acostamos en las literas de tablas del refugio. La noche, como siempre, se hizo un poco larga.
Al alba, al salir del refugio, pudimos ver que la nieve había cuajado en las cumbres. La ladera de la Loma de Lanchar estaba nevada. El rojo de los arces moteaba el paisaje. Al fondo rugía el río Guarnón que bajaba alocadamente del Corral del Veleta. Los cuervos graznaban y un águila sobrevolaba la zona.
Café y tostadas crujientes hechas en la lumbre, aliñadas con aceite; fueron la base del desayuno.
Recogidos nuestros sacos de dormir, preparamos las mochilas. Hicimos limpieza del refugio. La basura generada, como siempre, nos la bajamos para depositarla en los contenedores de residuos habilitados para el caso en el Barranco de San Juan.
Temprano y sin demora, iniciamos la bajada. El tiempo anunciaba lluvia.
Al mediodía, en el restaurante Chikito de “Güejar- Sierra” nos esperaban Natalio, Nina y Enrique. Finalizamos nuestro periplo por estas serranías con un almuerzo familiar. Somos la gran familia de la Educación Compensatoria de Maracena.



No hay comentarios:
Publicar un comentario